Puritanos del perdón

(Texto importado y ampliado de mi escrito en Facebook el 1/10/2021)

Leo por ahí una cita de una famosa escritora de autoayuda que dice: "Si quieres entender más a tus padres, haz que hablen sobre su propia infancia; y si escuchas con compasión, aprenderás de dónde vienen sus miedos y patrones rígidos".Y yo, recordando con afecto a mis pacientes, pienso al instante con irritación:

"Por la misma regla de tres, si observas y escuchas a tus hijos con compasión, entenderás por qué lloran en sus terapias con la personalidad y la vida destrozadas".

Jamás aceptaré esa burla de que las víctimas deban "comprender" a sus padres destructivos (con la obvia intención de éstos de hacerse exculpar, perdonar, etc.), pero no al revés. Esto sólo es la coartada de los torturadores (y de sus cómplices y sucesores) para seguir destruyendo impunemente a sus hijos y, por tanto, al mundo.

La psicoterapeuta Olga Pujadas interpreta magníficamente la desafortunada cita:

"Es un texto perverso y culpabilizador. Al maltratado a lo único que hay que alentarle es a comprenderse y a expresar lo que siempre ha callado. Después (no antes ni durante) ya decidirá si comprende y/o perdona. Nadie, y mucho menos un terapeuta, debe decirle a nadie lo que debe sentir y hacer, y el que lo hace no procura su bien sino el de su "familia". La terapia es libertad individual, no apretar aún más las mordazas del cuarto mandamiento".

O sea que, bien mirado, el fragmento autoayudesco incorpora varios errores:

1) una concepción de la terapia como artefacto orientado a objetivos (en este caso, comprender/perdonar a los padres tóxicos);

2) una intromisión de la psicología en la moralidad y la sociopolítica (no concierne a la psicología manipular los sentimientos familiares de sus pacientes);

3) un implícito rechazo del sufrimiento (dolor, miedo, culpa, vacío, soledad, parálisis) de las víctimas, así como de su dignidad y libertades;

4) una patologización de los legítimos sentimientos hostiles (odio, rabia, rencor) de las personas hacia sus parientes.

La malignidad de las teorías de la comprensión/perdón (y sus falsedades intimidatorias; p. ej., que no comprender/perdonar equivale a vivir "enganchados al odio", "repetir patrones tóxicos", "impedir la sanación", etc.) se demuestra fácilmente por el hecho de que sólo se ceba contra los traumatizados por la familia, pero NO por otras clases de victimarios. Por ejemplo, ¿a quién le importa conocer la infancia y perdonar a los torturadores nazis, los genocidas, los asesinos en serie? ¿De qué les sirve a los mutilados de un gran accidente conocer los problemas emocionales del conductor borracho? ¿O en qué les ayuda terapéuticamente a los padres de una niña brutalmente violada y asesinada? ¿O a la mujer golpeada continuamente por su psicópata? ¿Se libran acaso los criminales del rechazo social y la condena legal por mucho que "entendamos" sus infancias? ¿Perdonamos al delincuente en fuga, o al que no reconoce o no se disculpa o no cambia su comportamiento?¿Suspendemos las leyes sólo porque los criminales tuvieron infancias difíciles? Etcétera. (1)

Se ve claramente que toda esta farsa, este doble rasero en favor exclusivo de los padres dañinos, semejante indulgencia hacia los delincuentes intrafamiliares, sólo es debida al Cuarto Mandamiento. Es decir, al desesperado esfuerzo social por conservar los privilegios e impunidades del totalitarismo familiar, cuya denuncia histórica apenas ha comenzado.

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(1) Por supuesto, conocer los motivos de estos delincuentes amplía la conciencia de las víctimas adultas, lo que puede a veces ayudarlas. Pero quienes insisten en la "comprensión/perdón" en el ámbito de la psicoterapia de la neurosis parecen, en ocasiones, ignorar tanto la naturaleza de ésta como la atroz infancia de muchas personas. O carecer de empatía suficiente hacia el dolor ajeno. O confundir la crítica a la familia destructiva con la crítica a la institución familiar (que yo jamás he cuestionado). O no soportar un mundo mucho más violento, cruel y a veces monstruoso de lo que necesitan creer. O no encajarles dicha realidad con sus valores y prejuicios... También es cierto, por otro lado, que no es posible empatizar bien con el horror de las violencias emocionales, físicas y sexuales, a menos que se hayan sufrido o presenciado experiencias similares, o al menos escuchado su relato detallado directamente de las víctimas. Por eso, un terapeuta sensible a la barbarie y sus secuelas, sólo logra callar, escuchar, conmocionarse, indignarse frente al sufrimiento. Sólo respeta, acompaña, apoya, orienta, defiende a las víctimas durante el tiempo que éstas quieran y en la dirección que ellas decidan... Jamás se le ocurriría sermonearlas sobre la supuesta necesidad de "comprender y perdonar" a sus destructores, ni menos aún sugerirles esa barbaridad de que "sólo perdonando podrán curarse".

Ver también:
El maldito perdón