La hipocresía antiautoritaria

La mojigatería sociopolítica lleva décadas satanizando conceptos tan básicos y supuestamente "retrógrados" como autoridad, reglas, límites, obediencia, orden, poder, jerarquía, etc. Pese a la obviedad de que no sólo tales cosas son inherentes al ser humano y forman parte del mundo desde siempre -e incluso hoy han empeorado-, sino que no existen formas alternativas de organización social.

Todas las sociedades, en absolutamente todos los ámbitos (familia, trabajo, sociedad, economía, religión, política) necesitan para funcionar normas, leyes, reglamentos, así como personas e instituciones ("autoridades") que las hagan cumplir bajo pena de sanciones diversas. Esto incluye desde las Constituciones de los países y las costumbres hasta las señales de tráfico. Otra cosa son, naturalmente, la corrupción y abuso (autoritarismo, injusticias, explotación, violencia...) que a menudo se dan en estas estructuras de autoridad, que a su vez solemos combatir con otras fuerzas y contrapoderes... O sea que estamos siempre en lo mismo.

Y es que el problema no es la autoridad en sí, sino sus excesos. Es crucial, pues, distinguir claramente ambos asuntos y, por conveniencia social, aprender a respetar las autoridades (en el sentido más amplio de la palabra) que sí sean legítimas, justas y útiles. Lo que, en  mi opinión, sólo será posible, como tantas otras cosas, a partir del amor en la infancia. Pues, sin él, millones de personas odiarán el mundo real y muchas de ellas se aferrarán a idealismos y utopías "antiautoritarias" no sólo vanas, sino incluso más opresivas que la realidad rechazada.