Los lapidados

Deploro los difamadores de los muertos. Esos personajes que toman a figuras célebres e influyentes (artistas, escritores, científicos, políticos, etc.) y, aprovechando que no pueden defenderse y con la excusa de "entender mejor su obra" o simplemente por mercantil voyeurismo, se dedican a divulgar los trapos sucios de sus vidas privadas. Las desacreditan ante los millones de personas que las admiraron, las amaron, las imitaron, aprendieron de ellas. Algunos de estos libelos apestan a envidia, a revanchas personales, a ideológicas necesidades de destruir todo aquello más grande, bello y útil que las intenciones de sus "desmitificadores"... Una de estas víctimas lapidadas por el narcisismo ajeno fue, por ejemplo, la gran Alice Miller.

Personalmente, siempre me importó un bledo la vida privada (no así la profesional) de los músicos, artistas, escritores, filósofos o psicólogos que han influido en mi vida. Y no digamos las de mis terapeutas. Nunca me han interesado sus defectos, sus secretos, sus contradicciones, que a menudo he dado por supuestos (pues todos los tenemos). Con  vicios o sin vicios, o pese a ellos, e incluso gracias a ellos, la obra de estos autores es la que es, y por eso mismo me ha hecho gozar, me ha nutrido, me ha inspirado, ha mejorado mi vida. Su valor y belleza son objetivos, autosuficientes, tesoros en sí mismos, pese a todas las neurosis de sus autores (a los que nunca confundí con dioses). ¿Quién necesita conocer a Cervantes para disfrutar Don Quijote? Por eso me beneficiaron tanto, como a muchísimas otras personas. Lo que además, en el caso de los autores de Humanidades, sólo fue posible porque, igual que los niños con los buenos padres, pude idealizarlos parcialmente,  confiar en ellos, mantenerme a salvo de su lado oscuro. ¿No es ésta una condición de todo aprendizaje? De ahí mi definitiva gratitud hacia ellos, y en especial a Alice Miller.

No es que tema o ignore los pecados de mis maestros. Es que, como dice un refrán, "la oscuridad reina a los pies del faro" y no tengo la menor duda de que sólo los pecadores comprenden a los pecadores. Así que, en referencia a la autora polaca, su neurosis, lejos de reducir el valor de su obra, me ratifica toda su verdad, madurez y eficacia. Por ello sigue pareciéndome indispensable e insustituible.

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AMPLIACIÓN. El presupuesto ético de lo anterior es que nadie tiene derecho a divulgar públicamente la vida privada de los demás, vivos o muertos, sin su consentimiento. Cualquier asunto personal sólo concierne a las personas involucradas en él, pues de sus responsabilidades, decisiones, etc., depende, y por eso lo denominamos Privado. Toda persona ajena y no requerida en la cuestión es, por tanto, esencialmente Público, cuyo acceso a las vidas privadas de los demás, ya sea por la fuerza o facilitado/normalizado por terceros (prensa, biógrafos, etc.), debe interpretarse entonces como violencia. Desgraciadamente, los fascismos de derecha e izquierda se esfuerzan precisamente en suprimir estos límites entre lo privado y lo público, es decir, en anular lo personal bajo el imperio de lo estatal/social. De ahí, en mi opinión, esta cultura del fisgoneo salvaje de todos contra todos, del mercadeo de los chismes, acusaciones y escándalos, de las intromisiones de todo tipo, etc., con la excusa de las "libertades individuales", etc., para morbo degradante de las masas y mayor difusión de las cloacas del mundo. Y lo peor es que nos hemos acostumbrado.