La atrofia de los sentidos

Creo que la degradación psicológica, ética e intelectual de nuestro mundo incluye, o en cierto modo comienza, con la castración sensorial. Es decir, con ir dificultando en la gente la percepción, la experiencia física de las cosas, el más elemental disfrute de sus sentidos: vista, oído, gusto, olfato,  tacto. Pues, si anestesiamos los sentidos, adormecer el alma es pan comido.

Toda nuestra civilización de lo "virtual" (intangible, audiovisuales), lo "light" (sin sabor, sin nutrientes), lo sucedáneo ("similar" pero no auténtico), lo "limpio" (sin olor, aséptico), lo pequeño (miniaturizaciones), lo rápido (muestras, fragmentos), lo "seguro" (restricciones de todo tipo), etc., obligan al sujeto a experimentar las cosas de formas cada vez más limitadas, superficiales, insípidas. Casi vacías. No es posible, por ejemplo, "ver" realmente una película o escuchar un concierto en un móvil, por muy de "última generación" que sea, pues sólo obtendremos algunas "ideas" de tal película o concierto, perdiéndonos el 90% de sus detalles, sensaciones y escalofríos. Pareciendo "vivir" algo, resultará que apenas hemos percibido nada. El artilugio nos ha escamoteado la realidad. Y, de paso, nos va atrofiando (castrando) los sentidos y, por tanto, la sensibilidad.

Por debajo de ciertos mínimos sensoriales (es cuanto a intensidad, detalle, riqueza, complejidad, etc.), la realidad se desvanece. No podemos sentirla ni pensarla. No es lo mismo sufrir una pavorosa tormenta en mitad del campo, o al menos ver su representación en la gran pantalla de un buen cine, a oscuras, con el mejor sonido y la máxima atención posible, etc., que atisbarla de lejos en la pantallita-sonidito de un móvil en la mano, a plena luz del sol y, a menudo, rodeados de gente, ruidos y distracciones. Esta tercera borrasca apenas nos dejará memoria.