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Mostrando entradas de agosto, 2021

Los lapidados

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Deploro los difamadores de los muertos. Esos personajes que toman a figuras célebres e influyentes (artistas, escritores, científicos, políticos, etc.) y, aprovechando que no pueden defenderse y con la excusa de "entender mejor su obra" o simplemente por mercantil voyeurismo, se dedican a divulgar los trapos sucios de sus vidas privadas. Las desacreditan ante los millones de personas que las admiraron, las amaron, las imitaron, aprendieron de ellas. Algunos de estos libelos apestan a envidia, a revanchas personales, a ideológicas necesidades de destruir todo aquello más grande, bello y útil que las intenciones de sus "desmitificadores"... Una de estas víctimas lapidadas por el narcisismo ajeno fue, por ejemplo, la gran Alice Miller. Personalmente, siempre me importó un bledo la vida privada (no así la profesional) de los músicos, artistas, escritores, filósofos o psicólogos que han influido en mi vida. Y no digamos las de mis terapeutas. Nunca

La Madre Inexistente

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Hay tres películas magníficas sobre madres patológicas contra sus hijas: Sonata de otoño (Ingmar Bergman, 1978), El invitado de invierno (Alan Rickman, 1997) y Agosto (John Wells, 2013). Para mí, dado lo universal del problema, son películas sobre el mito de la "Madre" y, por extensión, de la "Familia". Por supuesto que hay también familias positivas, etc. Pero todas las teorías de la Neurosis, del Trauma y del Análisis Psicodinámico surgen precisamente de esas llamadas familias "tóxicas", dominadas por una pseudomadre egocéntrica, tiránica o inepta, simbiotizada con un pseudopadre similar, o ausente. En el caso de las pseudomadres, millones de ellas no son, en efecto, sino mujeres completamente vacías y parasitarias de sus hijos, a los que, "a cambio" de una crianza infantil extremadamente precaria y traumática, se aferran para siempre para sobrevivir, exigiendo lealtad perpetua. Jamás tuvieron a sus hijos por

Frío y caliente

Muchos textos de psicología son intelectuales (demasiado técnicos, farragosos, más ricos en "datos" y teorías que en conclusiones útiles). O eufemísticos (demasiado superficiales, condescendientes con el lector, timoratos). Ninguna de ambas categorías afronta con empatía la subjetividad, el dolor ardiente del neurótico. Suelen ser escritos fríos, impersonales, distantes. Quieren ser "científicos". O comerciales. Pero el sufrimiento neurótico -desamparo, miedo, ira, culpa, tristeza- es "caliente". Muy caliente. ¿Cómo pueden los autores fríos comprender a las víctimas que hierven?

Terapeutas reeducadores y terapeutas liberadores

No nos engañemos: en el maremágnum de psicoterapias actuales, sólo hay dos clases fundamentales de psicoterapeutas: 1. Los consciente o inconscientemente reeducadores, es decir, a favor de las instituciones (como la familia), las normas sociales y los valores morales-ideológicos de turno. Estos terapeutas se centran en los pensamientos y conductas del paciente, y su objetivo es dirigir a éste (es decir, someterlo, "adaptarlo") en las direcciones "correctas" preestablecidas. 2. Los consciente o inconscientemente liberadores , es decir, a favor del propio sujeto y sus dolorosos traumas y conflictos internos. Estos terapeutas se centran exclusivamente en ayudar al paciente a comprender y resolver dichos traumas y conflictos, reduciendo así el dolor y favoreciendo su maduración psicoafectiva. Pensamientos y conductas son considerados meros subproductos del proceso. En mi opinión, cualquier terapeuta o pac

Supervivientes

Muchas personas no crecen emocionalmente gracias a sus madres y padres, sino a pesar de ellos. Son los supervivientes de su infancia. Nada que agradecer. Quien mira lo profundo sin miedos ni prejuicios, lo sabe.

La atrofia de los sentidos

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Creo que la degradación psicológica, ética e intelectual de nuestro mundo incluye, o en cierto modo comienza, con la castración sensorial . Es decir, con ir dificultando en la gente la percepción, la experiencia física de las cosas, el más elemental disfrute de sus sentidos: vista, oído, gusto, olfato,  tacto. Pues, si anestesiamos los sentidos, adormecer el alma es pan comido. Toda nuestra civilización de lo "virtual" (intangible, audiovisuales), lo "light" (sin sabor, sin nutrientes), lo sucedáneo ("similar" pero no auténtico), lo "limpio" (sin olor, aséptico), lo pequeño (miniaturizaciones), lo rápido (muestras, fragmentos), lo "seguro" (restricciones de todo tipo), etc., obligan al sujeto a experimentar las cosas de formas cada vez más limitadas, superficiales, insípidas. Casi vacías. No es posible, por ejemplo, "ver" realmente una película o escuchar un concierto en un móvil, por muy

Que el bosque no ahogue tu rama

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Algunos gurús afirman que los trastornos psicofamiliares provienen de los problemas de ciertos miembros ascendientes (padres, tíos, abuelos, bisabuelos...) del "árbol familiar". Los males de estas "ramas" superiores del árbol se transmitirían hacia las ramas inferiores, etc., y como tal árbol es más importante que el sujeto mismo, la curación de éste consistiría finalmente en comprender y aceptar a fondo estos hechos, y abrazarse con amor al sagrado ramaje del que "forma parte". Una variante muy refinada, como vemos, del violento "¡perdona a tu familia!" de siempre. Pero, en la psicoterapia de la neurosis, la invocación del árbol familiar es, a mi entender, tan vana como contraproducente. Es verdad que la neurosis se transmite hacia abajo de persona a persona, de generación a generación, etc., si bien no por misteriosos canales espirituales, hereditarios, etc., sino mediante elemen

El medio no es la causa

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Lloramos con lágrimas, pero las lágrimas no motivan nuestro llanto. Enrojecemos de ira, pero el enrojecimiento no causa nuestra furia. Temblamos de miedo, pero los temblores no son lo que nos asusta... ¿Por qué, entonces, nuestras neurosis, que también se expresan por medios orgánicos (fisiológicos, nerviosos, bioquímicos), las atribuimos a tales medios? ¿Por qué confundimos sistemáticamente los mecanismos, los vehículos, los "lenguajes" biológicos de nuestras emociones con sus pretendidas "causas"? Sólo los tontos culpan al sudor por el calor que hace, por la angustia que sufren, por el esfuerzo que realizan... Pero así son nuestras teorías biopsiquiátricas. Las cuales nos fascinan porque, obviamente y aunque absurdas, es mucho más fácil y rentable para todos drogar al perro que proporcionarle comida, refugio y afecto.

Los 4 pacientes

No es lo mismo sembrar en tierra fértil y esponjosa, que en terreno duro o contaminado. Por ello, en relación a las aptitudes terapéuticas de los pacientes, hay en mi opinión cuatro tipos fundamentales de personas: 1. Los pacientes receptivos , que acuden a terapia por primera vez, o ya han realizado otra/s con buenos resultados y/o recuerdos.  2. Los pacientes "quemados" , que han realizado una o varias terapias sin éxito, debido a que sólo lograron intelectualizar sus problemas (en cuyo caso traen la cabeza llena de "ideas" psicológicas que usan como blindaje), o a causa de otros motivos (de los que a menudo guardan mal recuerdo). Estas personas muestran poca permeabilidad a la nueva experiencia. 3. Pacientes yatrogénicos . Es decir, dañados (confundidos, reprimidos, culpabilizados, etc.) por malas terapias anteriores, que complicaron aún más su neurosis. Con ellos hay que empezar casi des

Terapias del embudo

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Muchos psicoterapeutas, más moralistas que sensibles, creen que los grandes maltratados en su infancia (los neuróticos) deben dejar de lamentarse, responsabilizarse de sus problemas y perdonar a sus padres. Otros terapeutas, más iluminados que sensatos, opinan incluso que los niños violentados "eligieron" a sus padres, deben "aprender" de sus tormentos, etc. Sin embargo, esos mismos ayudadores creen sin problemas -y con razón- que cualquier persona adulta maltratada debe alejarse de su agresor, denunciarlo, reclamar justicia, etc. O sea que, en asuntos de evaluación y tratamiento de las secuelas de la violencia, estos pseudoterapeutas cultivan la ley del embudo. Un doble rasero. Todo depende de quién es la víctima y quién el verdugo . Y por descontado, en virtud del Cuarto Mandamiento, ninguna madre ni padre fue jamás responsable, ni mucho menos culpable, de ningún daño psíquico irreversible en sus hijos.