La autoestima imaginaria

Nunca en mi vida he entendido el concepto de "amarse a uno mismo". Y mucho menos desde que empecé a ejercer la psicoterapia. Decir a alguien "¡ámate a ti mismo!" es como decirle "coge tu mano con esa misma mano" o "besa tus propios labios". No. Sólo otras personas pueden besarnos, tomarnos de la mano... o amarnos. Por eso los bebés, los niños y los adultos necesitamos el amor de los demás. 

Si amarnos a nosotros mismos fuera posible, no seríamos animales sociales. Necesitamos a los demás precisamente porque de cada una de las personas que nos aman obtenemos un pedacito de sentimiento de valía, un trocito de autoimagen positiva, un poquito más de seguridad, etc., y con todos esos fragmentos vamos construyendo nuestro yo. Nuestra identidad más o menos autosatisfecha. Imposible generarla de otro modo, pues el yo vacío no puede autorrellenarse, igual que el estómago vacío no puede crear alimentos. Por eso el amor (como el aire, el agua y la comida) proceden siempre del exterior. Y lo que llamamos "autoestima", verdadero "amor a uno mismo", es, entonces, la suma de los amores que otras personas (incluidos algunos terapeutas) nos regalaron.

En mi opinión, sugerir meramente a alguien que se ame a sí mismo (cuando a menudo ni siquiera hay en su vida nadie que lo quiera de verdad), es dejarlo a solas con su soledad e invitarle a que oculte con engaños y autohipnosis su vacío. La alternativa es ayudar a la gente a conocerse y aceptarse mejor, evacuar sus demonios y relacionarse más consciente y, por tanto, más amorosamente con personas afines.