El sutil daño de algunas terapias

Un amigo, José Antonio Bojalil, me envía un escrito sobre una de las trampas de ciertas terapias que, por su extraordinario interés y sinceridad, deseo compartir aquí. Se trata de los supuestos "deseos incorrectos" de amor de los niños.

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Hace algunos años, cuando una de mis crisis más severas estaba en pleno apogeo, en terapia psicológica desnudé mi corazón y dejé sacar el sentimiento de dolor del niño interno que guardaba desde hacía mucho tiempo.

¿Cómo era ese sentimiento? En ese momento de mi vida, mi ser interior dañado desde la infancia se expresaba claramente (a punto de llorar) diciendo a la terapeuta que “quería que me quisieran”. Tal vez a ella le sonó a demanda, a “capricho”, a necedad, pero sé que quien hablaba era mi niño interior gritando y reclamando ese amor y respeto que todo niño necesita. El comentario contundente y directo por parte de la terapeuta fue:

- Claro, querías que te quisieran… como tú querías que te quisieran.

En ese momento solté el llanto. Sin embargo, no sabía si había escuchado que ella efectivamente reafirmaba mi deseo y necesidad de ser amado… porque aquella frase, que se quedó en mi memoria, también contenía sutilmente un rechazo a mi deseo, una invalidación de lo que yo necesitaba no como "yo quería erróneamente", sino como cualquier niño necesita y le es indispensable. 

Pasó el tiempo y terminé comprendiendo que aquella terapia se fundaba en la idea del perdón a los padres, pues, entre muchas justificaciones, la terapeuta me decía que “ellos (mis padres) habían hecho lo mejor que podían”…, y por tanto comprendí que no se me permitía cuestionarlos ni reconocer mi dolor, mi tristeza y, sobre todo, mi frustración por no haber sido amado como cualquier ser humano en la infancia necesita. Aquella frase me quedó rondando en la mente un par de años hasta que descubrí la trampa, que me incriminaba y no validaba mi natural hambre de amor. Y entendí el sutil daño de decirme “te aferraste a que te quisieran a tu 'caprichosa' manera"... ¡Oh, en el fondo se me culpaba de no entender a mis padres, de reclamar algo que no podían darme, de expresar mi voluntad!

Como tú querías que te quisieran”, dictó la culpabilizadora frase de la terapeuta. Pero ¿acaso en una terapia no son la rabia, el dolor y la tristeza del niño que fuimos los que hablan? No habla el adulto maduro "comprendiendo" y "analizando", sino el dolor antiguo, el miedo a perder a los padres o ser expulsado de la familia, la tristeza de comparar el trato desigual entre hermanos, la rabia de no ser entendido, abrazado y respetado. ¡Qué fácil habría sido decir simplemente “claro, tú de niño necesitabas ser amado, tienes razón”.

La sutileza del maltrato continuado en terapia es oculta y ambigua. No se pone abiertamente de parte del niño burlado y abusado, siempre trata de justificar a los padres con el chantaje de “ya eres un adulto que debe comprender”, como si el dolor comprendiera razones, como si el hambre de ser amado no se hubiera quedado escondido y atrapado en un hueco del corazón. Y este daño sutil de algunas terapias basadas en el perdón, invocando el Cuarto Mandamiento, hace perder por mucho tiempo (y a veces irremediablemente) las sanas emociones recobradas: la rabia, el dolor y el miedo por lo sufrido en la infancia. Y las entierra en un mar de culpas por no ser hoy capaces de "comprender a los padres”, y por haber deseado que me quisieran como yo "equivocadamente" quise.

© José Antonio Bojalil